Amor propio: maternar como ejercicio para reconciliarme conmigo misma

Irene Chacon Morera
4 min readApr 6, 2021

Soy Irene, tengo 40 años, 1 matrimonio, 2 hijas y toda una vida de ser gorda (palabra que duele y que uso poquito a poco intentando perderle el miedo a nombrarme así).

Nunca en mi vida he tenido un peso ideal, algunas veces más y otras menos lejos de lo que dicen las tablas y por ende siempre escuchando y viviendo recomendaciones e imposiciones de dietas, tratamientos y demás malabares de la ciencia occidental y oriental para bajar de peso. Hechos que nada más me hicieron enojarme conmigo, resentirme con los demás y establecer una relación poco sana con la comida, castigando a mi cuerpo por no cumplir con el IMC que supuestamente debía y castigando (según yo) a quienes me controlaban y juzgaban, porque simplemente no les iba a dar gusto siendo lo que decían que tenía que ser: flaca y bonita.

Cuando tenía 31 años Olman, mi compañero de aventuras, y yo decidimos que queríamos ser papá y mamá y bueno, que nació Lu en el 2012 y luego Kiki en el 2015. Fue ahí donde me vi confrontada y obligada a hablarme directo y sin rodeos, tenía que reconciliarme con mi cuerpo y con la comida, dejar de verla como algo terrible a veces y algo maravilloso otras. Me tuve que enseñar para luego enseñarles a ellas que la comida nos nutre, pero también nos puede hacer felices. Que el exceso es malo, pero que no tenemos que castigarnos porque pasa y más bien debemos aprender a escuchar a nuestro cuerpo y a nuestro ser para entender porqué comimos de más y principalmente que nadie tiene derecho a opinar sobre nuestro cuerpo, nuestro peso o como nos vemos. La única forma de guiar a mis hijas en el amor propio era aplicándolo conmigo.

Y así vino la crianza, lidiar con niñas que crecen rapidísimo que lo preguntan y cuestionan todo, que están aprendiendo a vivir en una sociedad machista y que se guía por las apariencias. Y fue en eso momentos donde me vi mordiéndome la legua para no hacerle a ellas lo que en múltiples ocasiones me hicieron a mi, deteniéndome a pensar como hubiera querido que me hablaran tantas veces sobre cosas tan simples y desconocidas durante mucho tiempo como entender cuando comía por hambre y cuando por ansiedad.

Fue así como de pronto todos los días desde que supe que iba a ser mamá de una niña (y luego de 2) ha sido un ejercicio de aceptación y reconciliación con mi cuerpo, es que ¿Cómo enseñar a mis hijas a ser seguras y amar lo que ven en el espejo cuando para mí muchas veces era imposible? Y bueno, eso ha sido de las cosas más complicadas de mi vida, es que ni parir costó tanto, porque fue duro y doloroso, pero pasó, esto de aprender a quererme vieran como cuesta y es de dos pacitos para delate un día y uno para atrás otro.

Y es así a ese ritmo lento y muchas veces cuesta arriba, como poco a poco me he ido reconciliando conmigo y al mismo tiempo procurando una relación sana y consciente con la comida, dejando de pensarla como un premio o un castigo y dándole el lugar que se merece en nuestra vida, y es que comer es riquísimo y todavía más cuando lo hacemos sin culpa. Aprendí a ver la comida como un medio para tener salud, resignifiqué cocinar, que es algo que me encanta y empecé a hacer cosas que me gustaban y me hacían sentir bien, aprendí a escuchar mi cuerpo y entender que le hacía bien y que no tanto. Me ha llevado a evitar los excesos más que por peso, por sentirme bien y lo más importante, entender que no había necesidad de castigarme o premiarme con comida.

Esta reconciliación me ha llevado a por un camino de sabores, olores, texturas y gustos que van más allá y con las chicas también aprendí a agarrarle el gusto a experimentar y verlas probar cosas nuevas y vayan creando no sólo un paladar amplio sino uno sin prejuicios por lo que comen. Ellas han sido unas grandes maestras de la vida, me han enseñado a creer que me veo bonita a pesar de no cumplir con los estándares de belleza, me han enseñado a reconciliarme con lo que veo en el espejo y me han dado la fuerza para seguir queriéndome un poquito más y entender que nunca es tarde para estos procesos, tampoco para chinearse y comer bien, escuchar al cuerpo y buscar más que el peso el sentirme sana.

Es muy fuerte todo este proceso, porque ya vieja y con las chicas fue que le encontré el gusto al ejercicio, ya ponerme una licra para salir a caminar o ir al gimnasio no es una tortura, me vi disfrutando sentir que no podía más para luego darme cuenta que lo había logrado y seguía viva y siento que mucho de eso lo fui logrando porque voy camino a reconciliarme con mi cuerpo y eso me permite reconocer lo fuerte que es y que soy.

Definitivamente maternar es un cambio drástico en la vida de cualquiera, pero puedo decir que en mi caso ha sido un cambio para bien.

¡Gracias Lu & Kiki, las amo!

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Irene Chacon Morera

Un poco de psicóloga y otro de comunicadora. Mamá. Rural. Feminista en construcción.